La infancia es el eje central de nuestras vidas. Las vivencias infantiles buenas, felices, hostiles o tristes crean heridas emocionales que marcan nuestro camino y nos convierten en el adulto que somos  hoy en día.

heridas de la infancia

Imaginemos estos dos escenarios:

  1. Un pequeño de 4 años que ha sufrido un accidente nocturno porque olvido ir al baño antes de dormir. Se despierta mojado, se asusta, llora; su mamá lo reprende fuertemente, lo culpa por no haber avisado antes de dormir, además de usar violencia verbal, también le da una nalgada y lo manda a dormir solo para que aprenda.
  2. Mismo accidente, la mamá se acerca al pequeño le dice que todo está bien, que sólo fue un incidente y que está ahí para ayudarlo. Juntos buscan ropa seca, cambian sábanas, lo arropa y lo acompaña hasta que su hijo pequeño logra dormirse.

¿Qué escena crees que haya tenido un impacto positivo en el niño? Creo que no hay que ser expertos en crianza, para saber que evidentemente el segundo de ellos generó en el pequeño confianza y aceptación, pudo vivenciar el amor incondicional, la escucha, entre otros puntos importantes. Así es como este tipo de vivencias pueden marcar nuestra vida infantil, y más aún la frecuencia con las que se viven, si es con mayor o menor violencia verbal/física, o si se viven en soledad; de igual forma lo hacen las experiencias positivas.

Te preguntarás ¿Y, esto que tiene ver conmigo ahora que soy adulto? Déjame decirte que TODO. Estas vivencias hostiles, desarrollan en nosotros heridas tan profundas que aun hoy nos siguen; están ahí presentes en nuestras relaciones amorosas, en nuestras decisiones diarias, en la elección de carrera, en nuestro manejo de las emociones, y sobre todo la relación que tenemos con nosotros mismos. 

Antes de adentrarme un poco más en estos puntos, me gustaría explicarte que son las heridas infantiles, conocidas también como heridas primarias, son una especie de lesión afectiva que nos impide llevar una existencia plena. Su huella es tan profunda que nos incapacita para afrontar los problemas con mayor soltura y resiliencia.

Las heridas emocionales de la infancia o heridas primarias se desarrollan en los primeros años de vida;  son algo natural y absolutamente  todos las  poseemos, solo llega a variar  la profundidad de ellas, entre más armonioso sea el ambiente familiar estas heridas serán más fáciles de sanar; sin embargo, cuando el ambiente familiar es violento, poco afectivo y con abandono emocional, estas heridas serán complejas y requerirán de un trabajo interno para poder sanarlas.

¿De dónde provienen? Las  heridas primarias nacen en los entornos familiares, en gran medida se derivan de nuestros progenitores o de nuestros principales cuidadores, no porque hayan sido malos padres, sino porque en ellos también existían heridas no reconocidas que los hicieron actuar de tal o cual manera que nos lastimaron. Recordemos que todas las personas tenemos una herida interior, incluso nuestros padres, “personas heridas, hieren personas”; por ello es vital que cuando hayas localizado tus heridas comiences a sanar para que estas no sean el eje que determina tu vida en todos los sentidos, más aun cuando decidas convertirte en padre/madre.

“Todas las personas tienen las más profundas razones para ser como son”

Así que ahora que lo sabes, no los culpes por aquello que no te dieron,  por haber sido de alguna manera o por no darte lo que necesitabas de pequeño. Piénsalo así: no puedes dar, aquello que legítimamente no  tienes, es decir, si tus padres no pudieron darte eso que pedías emocionalmente (llámese afecto, cuidado, mirada, validación, presencia, etc.), es porque ellos mismos no lo recibieron en su infancia. Dejemos de culparlos, ahora te toca a ti hacerte responsable de tus heridas, para no seguir perpetuando la cadena de abandono emocional, y que no manejes tu vida a través de ellas, hiriendo personas.

El camino hacia el crecimiento personal, comienza cuando nos aceptamos. Cuando  reconocemos que sólo nosotros podemos sanarnos, que somos responsable de todo lo que nos sucede, está en nuestras manos decidir vivir desde la luz o desde la sombra. En el fondo todos somos humanos, estamos aquí para aprender, y reconocer la gran capacidad que tenemos para  crecer internamente, claro si así nos lo permitimos. Así que comienza a detectar tus heridas para que las puedas  trabajar, conocelas:

-Herida de rechazo: es una lesión muy profunda, implica el rechazo hacia nosotros mismos en todos los aspectos. Se origina en experiencias en donde no hubo aceptación por parte de los padres o cuidadores. Cuando recibimos de pequeño señales de rechazo crece en nuestro interior la semilla de autodesprecio. Se piensa que no somos dignos de amor, de aceptación, de miradas. Así, llega un momento de nuestra vida adulta que a la más mínima crítica se origina sufrimiento y estamos pidiendo en otras personas el reconocimiento y la aprobación que no hemos recibido.

-Herida de Abandono: experimentar abandono en la infancia determina nuestras relaciones afectivas de la vida adulto. La falta de afecto, compañía, protección y cuidado marca tanto que nos encontramos en alerta constante de ser abandonados, y por supuesto a estar solos. Cuando la herida del abandono es profunda genera dependencia emocional e incluso se puede llegar a tolerar malos tratos con tal de no estar solos.

Herida de Humillación: proviene cuando nuestros padres desaprueban, critican, de esta manera afectan nuestra autoestima, generando una personalidad dependiente. Hacemos cualquier cosa por sentirnos útiles y válidos ante los ojos de los demás, ya que nuestro propio auto-reconocimiento depende de la imagen que los demás tienen de nosotros.

-Herida de Traición: esta surge cuando de niños nos hemos sentido traicionados por nuestros cuidadores primarios o porque alguien que queríamos no ha cumplido una promesa. Esta situación cuando es repetitiva genera sentimientos de aislamiento y desconfianza. Esta herida construye una personalidad fuerte, posesiva, desconfiada y controladora. Predomina la necesidad de control para no sentirnos enfados o decepcionados por las acciones del otro.

-Herida de Injusticia: se origina cuando los progenitores son fríos y son incapaces de dar cariño, escucha y cercanía emocional, imponiendo una educación autoritaria y poco respetuosa hacia nosotros de pequeños. La exigencia diaria genera sentimientos de ineficiencia, y la sensación de injusticia. Esta herida genera adultos incapaces de sentir, de validar al otro y tiene una necesidad de tener la razón ante cualquier discusión, imponiendo opiniones como verdades absolutas.  

¿Alguna de ellas o varias te son familiares? El sanar nuestras heridas emocionales requiere mucha observación y sobre todo  mucha consciencia, pues al identificarlas te será más sencillo saber cómo actuar ante ellas. Pero, ¿cómo las reconozco?, aquí te dejo algunos puntos a identificar, checa:

-Que nos hace reaccionar a través de desbordes emocionales.

-A qué somos sensibles.

-Patrones que se repiten constantemente en nuestra vida.

-Acciones de otras personas que detonan  mi enojo, frustración o ansiedad.

-Dependencias emocionales hacia nuestra pareja/amistades/trabajo.

-Que no puedo soltar.

Comprender tus heridas, saber de dónde vienen, llegar a ellas: exige un proceso de liberación muy profundo. Te preguntarás constantemente ¿por qué actué así?, ¿cómo me afecta esto?, ¿está reacción de donde proviene? Responderte estas preguntas te aliviarán enormemente, es decir, la consciencia de ellas será tu mejor aliado para sanar a tu niño interior herido, no sólo te estarás escuchando, automáticamente te estarás dando aquello que legítimamente necesitaste de pequeño. Este trabajo interior, será tu regalo más preciado para ti mismo, serás el adulto que necesitas y que deseas ser.

Toma el control, responsabilízate de tu herida y sánala.